Primero fue la literatura,
luego fue el cine y finalmente el teatro también se vistió de ciencia ficción.
El apetito del público por conocer historias que sucederán en el futuro existe
en todas las culturas. Esa incógnita de querer imaginar lo que vendrá y saber
algo más sobre él, no escapa a la curiosidad mundana.
Desde tiempos inmemoriales el
ser humano busca en los horóscopos u oráculos un destino, tal vez para
anticiparse, ser protagonista o asegurarse si su vida sirvió de algo. Cientos
de autores escribieron sobre viajeros del tiempo y el cine con su tecnología de
efectos especiales ayudó a soñar en algunas predicciones a corto plazo que en
algunos casos se cumplieron.
“El túnel del tiempo”, “Volver
al futuro”, o “Terminator”, se destacaron en producciones audiovisuales donde
el viajar al futuro, por teletransportación era el medio y los espectadores
especulaban con una gama de posibilidades.
Pero hubo un antecesor, un
comienzo, un nacimiento, H.G. Wells en 1895 creó el cuento de ciencia ficción
“La máquina del tiempo” donde anticipaba que con el cambio de siglo un viajero
de la cuarta dimensión conocería que pasaría en el futuro.
¿La imaginación del futuro de
un escritor del siglo XIX sería la misma que alguien en el siglo XXI?
Esa gama de escritores pre
televisión, pre fotografía desarrollaban minuciosamente la descripción.
Hoy la literatura y los guiones
cambiaron.
¿Cómo adaptar un cuento de 1895
en el año 2026, es el desafío?
Sin duda que el paso del
tiempo fue incorporando no solo tecnologías sino costumbres, realidades,
culturas y sueños de cada momento histórico.
Wells en su redacción
sobrepasó un cataclismo y llegó hasta una civilización lejana compuesta por dos
clases de personas: los Eloi y los Morlok que se enfrentaban entre sí. Los Eloi
solo vivían en un placer individual, sin importarles nada, un hedonismo abstracto
donde nada les importaba, en cambio los Morlok eran agresivos y sometían a los
Eloi.
El autor se proyectó al año
802.701, tal vez no quiso imaginarse un futuro próximo. Pero sus adaptadores de
Hollywood recrearon en 1960 con efectos especiales e imágenes de las dos
guerras mundiales y una curiosa tienda de ropa femenina donde el maniquí perdía
ropa a medida que pasaba el tiempo. Allí Rod Taylor interpretó al viajero del
tiempo que intervino en la lucha entre Morlok y Eloi enamorándose de Weena una joven
ingenua víctima de una cultura hedonista.
La expectativa fue la obra de
teatro homónima estrenada en el Teatro Multiescena de Buenos Aires el 30 de
enero de 2026 en un escenario limitado por los recursos escasos en todo sentido.
Sin embargo, su director Luis Belenda adaptó la obra de Wells al futuro de 2026,
utilizando al personaje de 1900 en un futuro con una sociedad que utiliza
teléfonos celulares, inteligencia artificial, tribus urbanas, feminismo y luego
realizó una escala en el futuro ante un robot humanoide que cuidaba un museo de
seres humanos, hasta llegar tiempo después a la confrontación entre los Eloi y los
Morlok y obviamente conocer a Weena.
Ni tan duro como el libro, ni
tan romántico como la película, la versión teatral recorre un espacio ético filosófico
señalando el recorrido de la sociedad humana, transmitiendo al público con cada
escena la pregunta “a dónde va la humanidad”.
Con doce actores en escena y
un despliegue visual que interactúa en sus movimientos con los espectadores representa
a los Morlok como una sociedad futura con características negativas indeseables
y deshumanizadas que enfrentan otra facción ingenua, tierna, y delicada. Ellos
mismos lo dicen en la letra: Es la lucha de los lindos contra los feos o
desechados de ese paraíso.
Una versión que sirve para la reflexión
y pensar, pensar y pensar.





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